En Padua (Italia), falleció Ludivio Cortuso en 1418. En su testamento dejó escrito que desheredaría a todo aquel que llorase durante su entierro y que su fortuna iría a parar a los que carcajearan con más fuerza. Su ataud fue conducido al cementerio por mujeres con flores en el pelo y los parientes fallecidos dando gritos de aleluya.



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